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Este no es un blog cronológico (lo que siempre hemos entendido como diario). Les recomiendo que pinchen en los cuadros de arriba y busquen algo que, ojalá, les pueda interesar. Gracias por la visita. Nota para los amigos peruanos: lamento que el título les confunda, es un homenaje a la obra de Ciro, pero estas páginas no tienen de él más que un fragmento de su (insuperable) título. Perdón.
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jueves 26 de marzo de 2009

Temas literarios

(Publicado en el nº 15 de la Revista Ágora, Murcia)

Los escritores pasan por muchas vicisitudes hasta ver terminada su obra. Terminada, no publicada, que ese es otro cantar. En lo que depende de sí mismos seguramente sufren los momentos más angustiosos cuando andan a la búsqueda de un tema. Todos pasan por aquí, los grandes y los menos grandes, veamos algunos recursos de los que se han servido unos y otros para salir del atolladero y sus resultados.

Oficio, tesón y genio
Víctor Hugo se vio en la necesidad de escribir para mantener a su familia cuando le retiraron la pensión que le había concedido el Estado. Tras recibir la muy oportuna oferta de un editor por su próxima obra, que incluía una generosa remuneración pero también la exigencia de cumplir un brevísimo plazo, el maestro se encerró en su estudio, guardó su vestimenta de calle bajo llave, se cubrió con una saya de tela basta y armado con una resma de papel y un tintero confió en su imaginación y en su oficio para escribir. Terminada la novela en el plazo previsto, tras perder mucho peso y ver quebrantada su salud, pretendió titular a su obra “El contenido de un frasco de tinta” pero terminó llamándose nada más y nada menos que “Nuestra Señora de París”, una obra cumbre en su carrera y en la Literatura universal. Queda claro que el tema y el desarrollo se presentaron forzadamente y que de ahí surgió una obra maestra. No hay que olvidarlo cuando se hable sobre la “inspiración” o sobre la bastardía de las obras por encargo.


Monomanías creativas
Naturalmente, cada autor deja su impronta en sus obras y unas veces esto no afecta al argumento, buscando temas libremente y sin prejuicios entre todo lo humano y lo divino, y otras sí, pues su elección se ve circunscrita por el carácter personal a una serie de temas muy determinados. Este es el caso de Milan Kundera. El escritor checo declaró que los títulos de sus obras pueden muy bien intercambiarse ya que su contenido gira siempre en torno a “un pequeño número de temas que me obsesionan, me definen y, lamentablemente, me restringen. Más allá de estos temas, no tengo nada que decir o escribir”.

La vida imita al arte (previamente)
Pero existen personas que encuentran dificultades en extraer la materia necesaria para escribir de la observación o de la vida ajena o que consideran necesario expresar los hechos, lugares o sensaciones detalladamente y con información de primera mano. El método consiste en experimentar en el mundo real la trama sobre la que van a hilvanar la novela. Hay quien, para ello, viaja o acomete empresas singulares. Hay quien -espero que los menos- ama o deja de amar. Y hay quien, como en los dos casos que quiero referir, recurre al asesinato.


Richard Klinkhamer es un escultor holandés, hijo de carnicero, que ha sido tachado injustamente de intelectual y calumniado bajo la acusación de autor literario tras escribir una cosa llamada “Woensdag Gehaktdag” (“Miércoles, día de la albóndiga de carne”). La novela narra siete versiones sobre un crimen cometido por un marido en la persona de su esposa y anima al lector a encontrar su propia interpretación de los hechos. El caso es que el escritor asesinó en 1991 a su mujer, Hannie (Hannelore Godfrinon), en el pueblecito holandés de Ganzedijk golpeándole con una maza tras una discusión. Con sus cuchillos de matarife y una trituradora de carne desmenuzó el cuerpo de su mujer y lo enterró bajo en suelo del cuarto de herramientas que tenía en el jardín. La policía, a pesar de la magnífica actuación como marido doliente y pesaroso por la desaparición de su esposa, sospechó desde el primer momento de él pero no pudo hallar prueba alguna aun después de batir la zona con perros y utilizar incluso cámaras aéreas de infrarrojos para examinar el subsuelo. El asunto se destapó en 2000 cuando los nuevos moradores de la vivienda de Klinkhammer excavaron la zona y dieron con restos óseos que resultaron ser de Hannie y Richard se declaró culpable. La publicación del libro se ha demorado durante años y Klinkhammer ha utilizado el morbo y las incertidumbres en torno al caso y su persona para promocionarlo. 

Otro iluminado por las Parcas más que por las Musas es Krystian Bala, autor polaco que escribió en 2003 “Amok” (“Furor”) una obra que describe el secuestro, la tortura y el asesinato de un joven empresario. Los problemas comenzaron cuando se descubrió, flotando en el Oder, el cadáver del -precisamente- joven empresario Dariusz Janiszewski y la policía, sin pistas que seguir, archivó el caso a la espera de que surgiera algo. Ese algo fueron dos llamadas anónimas que les recomendaban la lectura de una exitosa novela recién salida al mercado, hecho que condujo a la inmediata detención del autor por la extremada similitud entre lo observado en el cuerpo hallado y lo descrito en el relato. Bala, que había tenido la osadía de llamar al asesino Krys, se vio arropado por el mundo intelectual a través del “Krystian Bala Amok Author Defense Committee” formado al efecto y argumentó que había seguido el caso minuciosamente por la prensa para inspirarse. Pero los detectives descubrieron que Bala había llamado a la víctima el día anterior a su muerte y que puso a la venta en Internet el móvil de la víctima. El motivo del crimen fue más bien prosaico: parece que Janiszewski había sido el amante de la mujer del escritor.


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viernes 23 de mayo de 2008

Clarín, Reina Madre

(publicado en el nº 14 de la Revista Ágora, Murcia)


La angustia ante el folio en blanco es un terror clásico entre los creadores literarios y el esfuerzo por superarla satisfactoriamente, sobre todo cuando se da comienzo a una obra, es un empeño laborioso en todo escritor. Desconfío de los que dicen escribir como hablan tras escuchar a tantos maestros contar sus horas amargas en busca de una frase.

Como es sabido, uno de los sistemas más socorridos para acabar con la inexpresividad de la hoja es el plagio. No digo que sea recomendable, aunque hay excepciones de las que podríamos hablar en las que la copia mejora sustancialmente al original, pero sí digo que ha existido y existe en toda la historia de la Literatura. Y no en poetas y novelistas menores, que también, sino que sobre nombres como Neruda y el “Poema XVI”, Cela y La Cruz de San Andrés, Racionero, Etxebarría o Monzó (por citar algunos medianamente cercanos), ha planeado la sombra de la copia flagrante.



Hoy quiero hablar de una acusación de plagio que ya no despierta pasiones, pero que me va a permitir presentar (a aquellos que no tengan noticia de su existencia) a un insigne y particularísimo periodista español: Luis Bonafoux Quintero, escritor “poco propenso a adquirir amigos”, según sus propias palabras, lo que no podemos poner en duda tras leer apenas un par de sus artículos al azar. La pluma de Bonafoux, que conocí gracias a un amigo que ha recogido pacientemente varias obras suyas (por lo general descatalogadas), no deja títere con cabeza y políticos, militares, jueces, dramaturgos, novelistas o compañeros de la prensa pasan por su particular picadora saliendo descuartizados moralmente, zaheridos por un lenguaje directo, cortante, cáustico y hasta, en ocasiones, malsonante.

Por lo que se sabe, Leopoldo Alas Clarín tuvo la mala tentación de copiar algunas escenas de Zola o Flaubert e incluso algún personaje de otro escritor y crítico llamado Fernanflor (Isidoro Fernández Flores) para su novela corta Pipá. No está totalmente claro que fuera así y hay quien defiende, hoy, que todo fue una maniobra política de sus enemigos por el enfrentamiento del autor de La Regenta con Cánovas. Pero Clarín tuvo peor fortuna, aun acostumbrado a la polémica como lo estuvo siempre, al topar con Bonafoux, amigo de Fernanflor, a quien tenía verdadera consideración como autor.

“Yo y el plagiario Clarín” titula Bonafoux su artículo más extenso para ofrecer sus razones y su resumen de la situación, y aclara, para no ser acusado de descortesía en el lenguaje, “Yo y mi criado -decía Fígaro.- Por esta vez sacrifico la urbanidad a la verdad. Fui yo primero en pegar; y el que da primero, da dos veces...”

En el texto relata cómo en abril de 1881 publicó los artículos “Novelistas tontos” y “Clarín folletista”, en los que descarga su batería de acusaciones con andanadas como calificar a Leopoldo Alas como novelista insustancial “y el más grande de los tontos en prosa naturalista” o manifestar que “Don Leopoldo no será novelista; pero no cabe negar que es una hormiguita para su casa, una especie de Rata I del naturalismo”. Clarín no contesta… de inmediato y la “Víbora de Asnières”, que también se conoció así a Bonafoux, comenta: “Bramó D. Leopoldo; pero, colérico y todo, resolvió, en sus altos designios, que no me contestaría en los días de su vida. Ese Real decreto de S. M. la Reina madre de la crítica española me afligió profundamente”. Sin embargo, el estado anímico del asturiano presagia réplica “me escriben -les decía- que S. M. la Reina madre de la crítica está atacada del furor uterino, digo, teutónico, que diría Bismarck”. Clarín respondió, con bastante habilidad, por cierto, pero Bonafoux cargó de nuevo y la polémica se extendió y subió de tono, dejando un reguero de recriminaciones que llegaron hasta lo personal: “como usted tiene tanto de chismoso,” dice Bonafoux, “como poco de crítico, ha querido exhibir trapos, creyendo que me asusta, sin saber que yo voy a todas partes y que, aun a riesgo de faltar al público, soy muy capaz de sacar, a usted y a los suyos a la vergüenza pública, en la Puerta del Sol […] Y puesto que me llama usted escritor inca, y se pone en fuga, le recuerdo que mis ascendientes -unos salvajes, indios chunchos- tenían la costumbre de cortar la cabellera al vencido, con unas tijeras de esquilar. En cuanto regrese a España, voy a Oviedo...”

Sería lógico pensar que la cuestión se zanjó con la muerte de Clarín, pero eso sería desconocer los “mosquetazos de Aramis”, a juicio de Bonafoux, el único mosquetero que ni olvidaba, ni perdonaba. Lo cierto es que, desde París, Bonafoux le dedicó una necrológica en la que expresaba sin rodeos su alegría por la desaparición de tan poco estimado escritor.

A quien tenga curiosidad por ésta y otras mil polémicas de la “Víbora de Asnières” (localidad francesa donde pasó, como corresponsal y semi-exiliado, gran parte de su vida) le recomiendo que visite la página Cervantes Virtual, donde encontrará a texto completo algunas de la obras que publicó. También, si tienen la suerte de encontrarla, existe una biografía escrita por José Fernando Dicenta (nieto de Joaquín Dicenta, autor dramático amigo de Bonafoux) que incluye una selección de artículos.

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lunes 3 de marzo de 2008

Vampiros volterianos

Unos párrafos del maestro Voltaire como invitación a reflexionar, por ejemplo, sobre lo que hemos cambiado en más de 200 años o sobre la actualidad del proyecto ilustrado que algunos quieren muerto.





Voltaire. Diccionario Filosófico. Valencia, editado por F.
Sempere [1901?], tomo VI, p. 180-183. [Traductor desconocido]
Vampiro


¿Es posible que haya vampiros en el siglo XVIII, después del reinado de Locke, de Saftersbury, de Trenchard y de Collins? ¿Y en el reinado de d'Alembert, de Diderot, de Saint Lambert y de Duclós se cree en la existencia de los vampiros, y el reverendo benedictino dom Agustín Calmet imprimió y reimprimió la historia de los vampiros con la aprobación de la Sorbona?

Los vampiros eran muertos que salían por la noche del cementerio para chupar la sangre a los vivos, ya en la garganta, ya en el vientre, y que después de chuparla se volvían al cementerio y se encerraban en sus fosas. Los vivos a quienes los vampiros chupaban la sangre, se quedaban pálidos y se iban consumiendo; y los muertos que la habían chupado engordaban, les salían los colores y estaban completamente apetitosos. En Polonia, en Hungría, en Silesia, en Moravia, en Austria y en Lorena, eran los países donde los muertos practicaban esa operación. Nadie oía hablar de vampiros en Londres ni en París. Confieso que en esas dos ciudades hubo agiotistas, mercaderes, gentes de negocios que chuparon a la luz del día la sangre del pueblo; pero no estaban muertos, sino corrompidos. Esos verdaderos chupones no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios.


Pueden leer la entrada completa en http://www.ceev.net/Voltae.PDF

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